Resulta interesante observar que, a cuarenta y cuatro años de los hechos, revivir las atrocidades cometidas por el terrorismo de Estado siga operando tan profundamente, no sólo en las víctimas directas, sino en los testigos y en la sociedad. 

Hay una explicación para ello: los organismos de Derechos Humanos se formaron sobre cimientos trabajados por mujeres que, desde la desesperación y el dolor, construyeron  bases tan sólidas que nadie pudo deshacer.  Esas mujeres “pusieron el cuerpo” con la convicción de que la organización es lo que permite sostenerse en el tiempo. Así crearon un relato histórico basado en la afectividad pero conscientes de que su incidencia es política.

Esta articulación entre afecto y compromiso ideológico es lo que mantiene intacta su legitimidad. El relato que resulta de ese maridaje tiene tanto poder que nutre a generación tras generación. Es a la vez una herramienta para hacer justicia como para acceder a verdades ocultas hace tiempo.

Días atrás fueron encontrados  archivos ocultos  en una repartición pública. Se trata de 500 fotografías de militantes buscados por los genocidas durante el terrorismo de Estado, muchos de ellos desaparecidos o muertos. Estas nuevas pruebas sobre el plan sistemático de exterminio se complementan con relatos testimoniales de jóvenes que, luego de estar silenciados durante cuatro décadas, tienen aún la capacidad de atar lúcidamente aquella historia con este presente, constituyéndose en “militantes de la vida”.     

En estos tiempos circulares asistimos a un hecho gratificante, el presidente Alberto Fernández se compromete ante el mundo (en su última intervención en ONU) a defender y profundizar la política de DDHH. El mundo ya reconoció a nuestro país como pionero en la materia, luego de que esas “viejas locas” denunciaran en el exterior, ante Amnistía Internacional y ante la Cruz Roja, las mismas violaciones a los derechos que se ventilan hoy en Tribunales.

El hecho de que se desarrollen juicios por delitos de Lesa Humanidad en estos momentos difíciles es un puente entre historia y futuro. Son tres generaciones que dan hoy su testimonio, pero tras ellas vienen muchas más. Trabajamos para que la muerte espere a la justicia y para que nadie quede impune por fallecimiento. Como dijo nuestra compañera Julia Soulier en su testimonio de hace unos días: “A nosotros el tiempo no se nos acaba, nuestra lucha sigue de generación en generación”.