Sebastián Soulier bajo la bandera de H.I.J.O.S, en la manifestación del 24 de marzo de 2001. Foto: Gabriel Orge.

Cinco meses de vida tenía cuando lo sacaron de su casa. Durante 24 horas estuvo secuestrado con sus padres y luego devuelto a sus familiares en estado crítico de salud. Después de 44 años, ingresó a Tribunales para declarar sobre los hechos que investigan la desaparición de gran parte de sus seres queridos.

Sebastián Soulier es hijo y sobrino de desaparecidos. Brindó testimonio como víctima y querellante de la causa. Criado por sus familiares más cercanos, sus primeras palabras en el recinto fueron los recuerdos de su infancia sobre los intentos en vano de sus abuelos para dar con la verdad. “La búsqueda de mis abuelos fue increíble, no sé de dónde sacaban la fortaleza para cuidarme”, relató emocionado.

Aún conserva las cartas de sus abuelos sobre los pedidos de paraderos y los anhelos de justicia por aquellos años, “en una carta dentro de las cientos de que guardo le dice a una amiga: quiero saber la verdad para poder contarle a mis nietos lo que pasó”.

La extorsión económica que padecieron sus abuelos fue otro de los puntos claves de su testimonio. “Nos robaron la identidad, nos robaron todo” sostuvo. Un aporte que da cuenta de otro método de tortura para con las familias dañando su moral y sembrando falsas expectativas con datos inciertos a cambio de dinero.

Adriana María Ríos y Juan Carlos Souler, padres de Sebastián.

Un largo camino de justicia

“Acá no llego solo: acá llego con todos mis compañeros y familiares que buscamos lo mismo”, señaló en referencia a su militancia en H.I.J.O.S y cómo esa experiencia colectiva le brindó fuerzas y abrió un camino de lucha en momentos donde los juicios aún no eran una realidad.

Al cierre de su declaración dejó plasmado sus deseos a futuro con un mensaje para sus hijas. “Estoy orgulloso de mis viejos, de mi familia y mis compañeros por eso entro acá sonriendo. Y me voy a ir del mismo modo, sonriente también”.

Una forma transformadora de enfrentar las heridas mirando hacia el futuro, negando el olvido y dejando certezas para las nuevas formas de construir memoria. “Voy a poder abrazar a mis hijas, darles un beso, compartirles que nosotros somos la alegría y la vida. Y que siempre hemos batallado con la muerte y la tristeza. Si hay algo que yo puedo enseñarles es eso, que se encuentren en sus abuelos, que se encuentren en mí. Que piensen que es necesario tener una sociedad distinta, una sociedad más justa, donde los derechos no sean para unos sino que sean para todos».